viernes, 29 de enero de 2016

EL DUENDE DEL SIGLO XXI

Las 6:00 de la mañana y mi cabeza no consigue encontrar la tranquilidad suficiente para permitirme dormir. Observo el techo de mi habitación como si fuera una pantalla de cine donde van surgiendo imágenes que surcan de un lado a otro, desde la ventana a la puerta, recuerdos de cuando era un pequeño duende hundido en la oquedad de un tronco, en mi lecho formado por pequeñas hojas, sintiendo los rayos de sol en el rostro, observando como los árboles agitan sus ramas a modo de sonajero, recuerdos.

Vienen a mí las mañanas con el abuelo duende que nos llevaba a los canchos, lisos por el agua del arroyo, donde resbalábamos como en un tobogán. Mas tarde, nuestros padres se encargaban de calentarnos antes de que pusiéramos la ropa a secar frente la hoguera. Las travesuras que constan en nuestro haber, como cuando teñimos el ganso de Claus o les quitábamos las púas a los erizos para clavarlas, con puntería, en el culo de los Trols, y los gnomos que apenas tocabas las palmas ya estaban sacando la botella para acompañar.

Recuerdo a Irene, ocultos bajo la taza del gigante Juan la cual nos salvo de ser su cena esa noche, descubriendo como la piel podía erizarse de mil maneras distintas. A Dafne y Apolo y como poco a poco, nos alejamos del bosque, madurando, convirtiéndonos en mayor.

Hoy día, los duendes no saltan por los árboles. Cambiamos nuestras setas por adosados en barrios residenciales con lujosas hipotecas. Deambulamos por el mundo con nuestro traje negro conjuntado con un maletín de piel, zapatos lustrosos que resuenan en el eco de la estación, con el móvil en la oreja, mientras corremos intentando evitar que el metro no nos deje en el andén. Gritamos a la mínima, perdemos la paciencia, compramos tiempo y se nos cae la piel.

Quizás sea momento de parar, de detenernos, tomar distancia y empezar a vivir, a saborear ese cigarro en el silencio de las 2 de la mañana, a sonreir y provocar que esa otra persona nos devuelva una sonrisa, a disfrutar de tu pequeño sentados en el sofá o rebolcados por el suelo, conseguir que tu pareja grite de placer, mas alto que la última vez si puedes, y que los vecinos, muertos de envidia, os imiten, y tal vez el mundo se mueva lo suficiente para darnos otro día mas, y tras ese amanecer, al igual que Bastian cuando dio nombre a su emperatriz, a partir de un grano de arena, empecemos a creer.

“Oye Ale, después de leer esto, quizás el abuelo no estaba tan ido como creíamos cuando nos ofrecía la paga en chivatos de marihuana”